Roma, Italia

En el marco de las reuniones de la Hna. Nora con sus Consejeras Generales, que tuvieron lugar entre el 10 y el 19 de octubre, solicitamos participar en la Audiencia Papal del día 14.

Audiencia PapalYa dentro del territorio vaticano, nos recibió Mons. Karcher, encargado de acoger cada semana a los compatriotas del Santo Padre. Nos explicó que éramos “privilegiados”, ya que había 800 argentinos, y solamente nosotros (que éramos 200) podríamos estar sentados, saludar al Papa y, si teníamos algún presente, entregárselo en sus manos.
Nos condujo al sector que teníamos reservado, al costado del lugar donde se ubica el Santo Padre.
Alrededor de las 9.30, el Pontífice comenzó a recorrer la Plaza en su Papamóvil, saludando a la gente, que se enfervorizaba a su paso. Llegó al sagrato, y empezó su catequesis. Luego de la lectura del Evangelio que habla sobre la gravedad de los escándalos, pidió perdón por los escándalos producidos en Roma y también en el Vaticano. Luego, se refirió a los niños, a las promesas al traerlos al mundo, que se resumen en una sola palabra: darles amor. Nos invitó a pensar si cumplimos con esas promesas.
La catequesis fue luego expresada en los diversos idiomas, con un saludo especial a los peregrinos de dichas lenguas.
Providencialmente, el Señor retuvo la lluvia, a pesar del cielo y el pronóstico amenazantes y no tuvimos necesidad de abrir los paraguas durante la Audiencia.
Luego del canto del Paternoster y la bendición final, el Santo Padre comenzó a recorrer las vallas en torno al estrado, saludando uno a uno, como si cada persona fuese la única. A pesar de que hacía 3 horas que había aparecido en la Plaza, no disminuía su calidez, su sonrisa, su solicitud para con todos. Después de acercarse a las parejas de recién casados, comenzó el recorrido por el sector donde estábamos nosotras. Pudimos ubicarnos bastante cerca, como para extenderle la mano.

Una de las Consejeras le recordó que éramos «las Eufrasias», aludiendo a nuestra Fundadora, la Sierva de Dios Eufrasia Iaconis. Así nos llamaba, cuando era Arzobispo de Buenos Aires.
Nos saludó a todas, identificándonos perfectamente y escuchándonos con atención. Le expresamos que rezábamos por él, que le agradecíamos lo que hacía y que lo queríamos mucho.
Muy emocionadas, nos comenzamos a desplazar, pero comprendiendo que el Papa debía retirarse con el Papamóvil por un costado, nos quedamos para verlo pasar. Las cinco volvimos a saludarlo con gritos y aplausos y él respondió cálidamente a nuestro saludo.

Como Hijas de la Inmaculada Concepción, recordamos en nuestra oración diaria su constante pedido: –Recen por mí.